Amaneció lluvioso, un cielo gris que me hizo preguntarme si no sería mejor quedarme en el hotel ya que yo no estaba muy preparado para la lluvia. Como me había prometido Ngho el desayuno incluyó papaya, mango y alguna fruta más. Tuve los habituales problemas para hacerme comprender, esta vez con la tortilla.
Notaba que las miles de chicas de recepción (es una exageración, claro, era la hora del cambio de turno) hablaban de mí, supongo que son cosas que tiene el ser el primer guiri del hotel.
El té debía ser de jazmín aunque sé que hay una gran tradición de té verde en Vietnam. En cualquier caso estaba delicioso, muy suave. Seguía observando el revuelo aunque tal vez no era tal y era yo quien lo pensaba... ¡qué ego el mío!
¡Qué bueno estaba el café! Era el final de un desayuno divertido en que ningún salero permitía salir la sal y, muy amables, acabaron trayéndola en un platito como el lunes. Los problemas para abrir el pan (panecillos) con los cuchillos del hotel que, como todos los cuchillos de hotel no cortaban, me sugirieron que debía comprarme una navaja.Al subir a la ducha el calentador no funcionaba. Más tarde descubriría que casi todos los calentadores de los hoteles en los que estuve tenían el mismo problema, y que en realidad no era un problema. Lo que ocurre es que están conectados en solitario a un interruptor diferencial que se encuentra a mano, al lado de la ducha o en el dormitorio, y que se dispara cuando el calentador ya está caliente. Claro, si no lo volvía a conectar manualmente no había forma de que el agua se calentara.
Y salimos al fin hacia Hay Van Pass, el collado que es cumbre de los 85 km que unen Danang al sur con Hué -antigua capital imperial- al norte. Los primeros 15 km transcurrieron por la carretera A1 pero dentro de la ciudad, saturados de contaminación y talleres, la Vietnam que yo he visto y que sobrevive de trabajos "minoristas" y compraventa diversa. Después había un peaje para coches (motos y bicis no pagan) y a continuación una laguna que la carretera cruzaba con un puente reduciéndose a 1 carril por sentido. Uyen se quedó un rato comprando fruta y yo le esperé en el puente tomando fotos.
19 km y hay una refinería, la señal de salida de la ciudad y una montaña que la carretera empieza a subir de nuevo en 2 vías por sentido. Al poco (km 22,7 de mi recorrido) habíamos subido lo suficiente para poder ver la bahía que había sido -tal vez todavía lo era- el lugar para olvidar a los enfermos de lepra, según me dijo Uyen. Después supe que había planes para convertirla en una zona de hoteles de lujo.Las paradas se empezaron a hacer más frecuentes, la escusa era lo de menos: agua, fruta, una foto, etc. Empecé a notar mi primera montaña en mucho tiempo, aunque al final no se me dio tan mal... o ese es el recuerdo que tengo. Fueron 10 km para arriba, 3 de bajada y vuelta desde aquí, es decir, 3 de subida y a bajar hasta Danang.
Casi en el collado me encontré con un matrimonio de holandeses jubilados que me encantaron. Ya me gustaría a mí poder dedicar mi jubilación a recorrer el mundo en bici. Habían reservado un hotel en una población justo al bajar del collado, por lo que no llegarían a Hue ese día. Compartimos fotos, y las naranjas y plátanos que había comprado Uyen. Más tarde me cruzaría con otra pareja holandesa, estos más jóvenes.En el collado los moscones de siempre. Es el problema de las zonas turísticas: se concentran a tu alrededor y te ofrecen de todo y no importa en absoluto que les digas que no quieres nada. El problema es que en mi primer viaje entre la gente que honestamente vendía cosas en este collado se colaron timadores que casi lo consiguen (con el cambio de monedas europeas por billetes) y, claro, ahora no me fiaba de nadie.
De vuelta a Danang y antes de regresar al hotel pasé a comprar el mapa de carreteras y a por un masaje en el sitio de los ciegos. Fue también estupendo pero esta vez no me aplicó aceite de hierbas, tal vez no había dejado suficiente propina el día anterior.En la ducha me di cuenta que con el cielo nublado y todo yo había tomado demasiado el sol, así que antes de ir a casa de Uyen (me había invitado a cenar) pasamos a comprar un aftersun y protección solar. Aproveché para comprar sal para el aceite de oliva (que había traído de España vía Bélgica) sin darme cuenta que la única que tenían era sal gruesa; mermelada de fruta-dragón y de fresa y mantequilla (por lo de desayunar un sabor conocido pero tener una alternativa durante la ruta al aceite+sal) y bollos para la mujer de Uyen.
Ésta nos había preparado pescado como el del domingo pero más grande, carne estilo mechada canaria sobre un lecho de lechuga con cebolla frita y limón, una estupenda verdura y gambas en gabardina (rebozadas). Cuando cogí la primera gamba busqué dónde habían dejado las cáscaras y no las vi por sitio alguno, pregunté y ... ¡es que también se las comían! Yo me pelé la mía y comí otras dos más, no me atreví a comerme las cáscaras. Sin embargo, más adelante en el viaje sí que las probé y no me morí por ello.
La situación de la cena fue curiosa y algo que podría haber pasado en occidente también... ¡por supuesto que no somos tan diferentes! Uyen estaba enfadado con su hija porque ésta, que tiene un inglés escrito bueno, no se atrevía a hablarme en inglés. Sin entender yo el idioma y sin que su forma de expresarse fuera igual a la de mi cultura, uno se daba cuenta de la situación tan similar. Hablando luego con Uyen le conté que eso también pasa en mi cultura, los hijos no comparten lo que los padres aconsejan.
Uyen me llevó al hotel donde estuve charlando muy agradablemente con el equipo de noche de la recepción... siempre con las limitaciones del idioma.
Unos 68 km, 57,4 km/h de máxima, 18,8 km/h de media y 3:23 horas de rodar; llegué a las 175 pulsaciones
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